I’m watching you breathing… for the last time
Te observé tendida en la cama, junto a mí. Dormías placidamente, sin sospechar siquiera lo que yo estaba a punto de hacer.
Con una mano posada en tu frente, y la otra tomando la mía. Acurrucada. Y yo sentado junto a ti.
Aparte la vista de tus perfectos rasgos y miré la pared. Apreté un poco más fuerte tu mano. No quería hacer lo que estaba a punto…
Te removiste en la cama. Al parecer tenías una pesadilla. En tu cara algo se notaba. Te aferraste a mí con ambas manos, y te acurrucaste más en ti misma.
Seguí mirándote, realmente preocupado. Gire la cabeza hacia la mesita de luz junto a la cama, sobre la cual estaba el reloj. Eran las 3:17 de la madrugada.
Tus brazos se aflojaron y cayeron sobre las sabanas. Tu respiración, antes agitada, volvió a la normalidad. Aproveché para dirigirme al baño a tomar una de esas píldoras “súper efectivas” para dormir.
Cuando volví a la habitación, vi que estabas sentada en la cama, abrazando tus piernas, a punto de llorar.
-¿Dónde estabas? – dijiste, con un hilo de voz.
-En el baño – susurré, extrañado. Me senté junto a ti y te tome la mano - ¿Por qué estas así?
-Creí que te habías ido… - tu voz sonó ahogada por el llanto. – No podría soportarlo.
-No tendrás nunca que hacerlo… créeme – susurré, arrepintiéndome al instante. Sabía que me mentía.
Tú me miraste con tus hermosos ojos, antes llenos de vida, ahora velados por las lágrimas.
Te colgaste de mi cuello y así permaneciste un largo rato, pero sin permitir que ninguna lagrima escapase de la cárcel que eran tus ojos. Terminaste soltándome, y volviéndote a acostar, esta vez acurrucada hacia el otro lado, dándome la espalda. Seguí sentado, mirando tu cabello… Decidí volver a acostarme. Las píldoras al parecer eran efectivas, porque me dormí al instante. O tal vez era el efecto soporífero que tu aroma producía en mí.
Desperté. Aun era de noche. Gire en la cama para ver la hora. Las 5:43. Era ese momento, o nunca. Y ojala hubiese podido ser nunca. Pero era imposible.
Seguías dándome la espalda. Alargue la mano para acariciar tu espalda, pero no lo hice. Pensé en escribirte una carta, para que supieras que no era tu culpa. Que nada era mentira. Que todo lo que te había dicho era cierto. Pero ya ni estaba del todo seguro de mis motivos. Mejor era no dar explicaciones. Tu entenderías… eso esperaba.
Así que esa mañana, lo primero que viste al voltearte para sonreírme fue a mi… o lo que quedaba de mi, helado, con un frasco de píldoras “súper efectivas” para dormir vacío. Tal vez demasiado efectivas…